UNOMAS

UNOMAS

  • 34 poesías y cuentos, ilustrados por Argentina Zamora.
  • Primera Edición: Noviembre 1974. Editorial Casa Pardo.
  • Segunda Edición: Enero de 1988. Ediciones Filofalsía.
  • Jorge Atilio Parodi Vasquez.

El libro de Jorge A. Parodi tiene el no siempre común poder de los libros de llevarnos de la mano de infinitos meandros de paisajes, de almas, de seres humanos y hasta casas derrumbadas.- Manuela de Blanco Villalta

Poemas Destacados

LA LAGUNA

La Laguna

Los frágiles cuerpos, de los cocodrilos
como dedos en el pelo...
se metian en el río

El negro, con su voz
pegada al silbato, nos cantaba:
Un metro, dos...

La piragua, rompía en silencio
por el río...
Mientras un sol redondo
deformaba en gajos el telón obscuro
colgado en el vacío...
(era la noche)

El río, pequeña marca de una lágrima,
nos recibía callado,
quizás rencoroso, a nosotros blancos,
extraños en su tierra...

Por fin llegamos,
atamos en la arena rojiza con rollos de barro,
el orgulloso casco de madera...
mientras descargamos nuestras cosas
mi baqueano y su ayudante... yo, observé la zona...

Zona de ríos pantanosa, perdida
al final de una laguna...

Pequeña laguna de laguna
donde los árboles se duermen solitarios
pegados, en sus rodillas..
Y si, si... Los gritos
de miles habitantes animales
que lloran en su mundo...

Un mundo que no es nuestro
Un mundo que cada vez se achica
Un mundo que alguna vez, si alguna vez
…¡Fue el nuestro!...

LA LLUVIA

La Lluvia

Abrí las rejas oscuras,
mientras el gris día
solitario rezaba con la caída de la lluvia.

Mis pisadas se ahogaron
en los pequeños charcos de agua
mientras las baldosas sucias
se despintaban en silencio…

Los árboles acompañaban en hilera,
parecidos a soldados
con sus uniformes de gala,
a cada lado del camino…

Miré al cielo, tapado
de un gris triste,
buscando alguna estrella
con nombre… pero, no…
(no había ninguna).
Al llegar al final del camino,
junto a la puerta
del viejo caserón, estaba…
(estaba ella).
Sus ojos me encontraron
mientras me decía suavemente:
“Mira el cielo…”
Levanté la vista,
ya no llovía, el cielo plagado
de estrellas… Se desnudaba
ante mis ojos…
Y encontré mi estrella…
Pero ella dijo:
“¿Quieres destruir tu universo
en pedazos?... ¿Quieres que lo haga?”

Yo me reí, confiado en su impotencia
de niña, de mujer,
pegado a sus cabellos…

Y ella dijo:

“MIERDA”

(mierda)
Y las estrellas se cayeron a pedazos…
de golpe todas juntas
en algún lado; en un agujero…

Mientras yo me quedé con ella
solo, solo
y sin estrellas…

PENSANDO, PENSANDO

Pensando, pensando

La nieve, pintando de blanco.
Todo, Todo.
Se entretenía
mientras pasaba el invierno…

Tanto, tanto
se entretuvo,
que no dejó,
un solo día, de cubrir los techos
de nuestras pequeñas casitas de madera…

Y mi alma se había enojado,
que molesta le robó su blanco
para quedar en sus movimientos muda…
(tan muda)
Que a mi mente, conformaba
en el atento análisis
del ruido que hacían
los copos pegados en las hojas de algún,
algún pino…
Al tocar el piso.
Las dos pequeñas ventanas de mi pieza
lloraban, y tenía que borrarles
con un trapo lo nublado de sus gusanos
vidrios…
Mi amigo, sí, mi amigo
(el enano)
se deleitaba subrayando las frases
con más fuerza
de un libro robado a las brujas
(tiempo atrás).
Mientras, en el hogar, las llamas coloradas
celebraban una fiesta
con el tronco que murmuraba
su pensar…

Me olvidé de él
por el bramido de un ciervo,
llorando al período que los lugareños
llaman período de brama.

Dejé la ventana, me apresuré
al ponerme las botas
para salir corriendo por la puerta
mientras llamaba al enano…

Descolgué mi viejo rifle
mientras me internaba por la blanda nieve
que, en silencio, era herida
por mis pasos…
Mi pulso se aceleraba
mientras atravesaba el valle.
Una…
Una vez más, el ciervo habló.
Esta vez, más cerca,
rompí la velocidad de mis pasos
y me acerqué silenciosamente
para descubrir
su atlética figura escondida…
me acerqué más…
(lentamente).
Lentamente, fui observando
su corona de cuernos, sus ojos,
su cuerpo de un marrón con sueño…

Más atrás, el rebaño de hembras,
algunas tiradas, otras mordiendo
la barba de pasto
pegada contra el suelo…

El ciervo dio tres pasos,
y, al bramar, levantó la cabeza…
Yo, nerviosamente…
Le apunté...
Detrás de mí, se acercaba el enano, con sus pasos.
Cayó la nieve
Cayó en pedazos
cayó junto al estruendo.

La noble bestia tembló
para luego caer al suelo.
Mas se levantó y salió en fuga
como el viento…
Corrió por todo el valle, y allá a lo lejos,
lejos del rebaño,
lejos del enano y yo
Con la nieve quedó muerto.

Llegamos hasta donde él estaba
y, luego de observarlo, me di vuelta
y vi que mi amigo el enano
¡estaba llorando!
No le dije nada,
fui a la cabaña en busca de mi mula
y, con ella, traje
el pesado cuerpo del ciervo…
Sólo quedó el enano
sólo quedó la sangre y la nieve…
Pasó la noche, la semana,
y el enano permaneció en silencio
tanto, tanto
que empezaba a preocuparme…
Éste seguía en la lectura de su libro.
Subrayando…
Le pregunté: “¿Qué te pasa?”
Me dio el libro, mientras
me marcaba una hoja…Que decía:
“¡Él, él era mi amigo!”
Quedé mudo, me habían robado las palabras…
me sentí, de golpe,
en algo sucio, algo humano
que era parte mía…y no podía remediarlo…
Luego lo miré y le dije: “Lo siento…”
y lloré como un niño.
Él me dejó; por varios días
se perdió en la montaña
formando una semana…
Yo seguí perdido, buscando excusas
que nunca había tenido.
Puse más leños, la noche gemía por el frío
con el viento.
Alguna estrella temblaba
junto al sueño de los pinos…
Dormí, dormí
profundamente toda la noche
para caer despierto
junto al grito… Sí, el grito
de otro ciervo…
Otro ciervo en la pradera.
Me levanté,
fui en su busca…
Y luego de encontrarlo con el rebaño
de las hembras del que había matado,
me di cuenta…
de que era joven,
era fuerte,
y quizás un poco más hermoso que el ciervo
que antes era el dueño…
¡Me sentí libre!
Me sentí menos culpable
y volví a la casa; prendí una hoguera en su entrada
y quemé el trofeo…
A los tres días, golpearon,
golpearon
en mi puerta…
Era el enano, mi amigo
que había vuelto
y me había perdonado…