Poemas Destacados
LAS ESTRELLAS
Cuantas nubes se arrastran
por el tiempo
Como tantas veces sale el sol
obscuro de los ciegos.
En el terreno largo
crecen miles de flores salvajes,
pero hay de mí
si me confundo, al decir
que no es más hermoso y más preciados
sus colores, sus perfumes
en la sinfonía de un desorden
(que aunque no nos demos cuenta)
guarda un orden.
Un orden como el orden
que llevan nuestras almas
al pensar, quizás de más de mil
distintas maneras
en más distintas raza... ¡Que hay un Dios!
Que allá, en lo alto
nos cuida,
nos protege
Y no nos deja que las estrellas; sus estrellas
Estrellas nuestras.
...¡No se caigan!...
Y permanezcan donde está
por su presencia.
EL PARQUE
Paseábamos. Paseábamos
con mi amigo (el enano).
Por el desnudo parque.
Aquel, que una vez
fue llamado a gritos por los viejos
¡Rosedal!
Proseguimos, con nuestra,
nuestra cansada vista
en dirección a la vieja pajarera.
De hierro y cemento
con un árbol en su estómago
(durmiendo)
Y al llegar, allí
nos dimos cuenta... que...
¡Estaba vacía!
Y el enano
para no perder la costumbre... Lloró...
Lloró extrañando a sus pequeños pájaros
...(Creyéndolos
muertos)
Y yo por consolarlo
me animé a decirle
“¡Oye! enano ¡no llores!”
¿no ves, que tus pequeños pájaros
Sí (tus pequeños amigos),
no se han muerto. Si no, que algún loco
quzás naturalista... ¡se rebeló!
Y en silencio los dejó escapar?
“Para que fueran libres”
Y los dejó en una jaula
más perfecta (más humana).
Donde sin saberlo
igual, que el niño que enojado
se escapa de su casa, en la mañana,
para que luego solitario (su enojo olvide)
volviendo a ésta.
Justo, justo... con el frío de la noche...
Pero basta.
Me miró el enano (extrañado) de entre el
flequillo de sus lágrimas.
Y yo seguí diciendole: Para que sean libres tus pájaros
los dejó junto a nosotros, donde,
donde estamos... ¡todos!...
Todos, todos juntos
en esta cárcel
donde nadie se da cuenta
que se llama...
Por
por los genios
por los brujos
por... por nosotros
que se llama... ¡tierra!...
BUSCANDO
Corría, corría
para nuestra nerviosa mente, el día,
mientras tratábamos
de encontrar, con la ayuda
de mi amigo, el enano... ¡mi alma!
Que la había perdido
en la montaña de hojas viejas
recogidas por el guarda
al costado de la plaza.
Y para hacer más difícil todo,
se hacía de noche
con una fuerza
de treinta veces rápido.
Hasta que explotó
sí, mi risa
sí, mi mente de sapo
para decirle entre medio
de mis risas, al enano.
-Oyeme: Para qué quiero, al fin yo.
Yo, en ésta época
(de locos y sabios).
Tener, si, tener
algo, tan pegajoso
tan agujereado
tan inservible.
Que los humanos por temor
ni se acuerdan ni quieren acordarse
que una vez... Sí, una vez tuvieron
...¡alma!...